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Nos han enseñado a ser generosos, amables y a derrochar educación. Nos han instruido para no perder ninguna de las oportunidades que se nos presenten en la vida; a hacer todo por amor al arte, a ser desprendidos con el tiempo que invertimos en los demás.

Nos han aconsejado hasta la saciedad que la cordialidad y la accesibilidad nos convierten en seres cercanos y sociables, y que esas cualidades nos venden bien. Nos han preparado para ser capaces de todo, sin cansarnos o quejarnos, porque eso nos hace idóneos para (casi) todo.

Nos han programado, en definitiva, para decir siempre SÍ y con ello a expresarnos en todas sus formas posibles: «claro que puedo», «yo me encargo, no te preocupes», «vale, cogeré tiempo de donde sea e iré», etc.

Estar en el momento adecuado para alguien en concreto, ser solícitos y serviciales, está muy bien; el problema surge cuando en nuestro fuero interno estamos haciendo algo en contra de nuestros principios, alejado de lo que nos gusta, de lo que queremos o podemos hacer, porque ya no damos más de nosotros mismos.

Y esa tesitura es el campo de cultivo perfecto para un buen lío mental.

Nuestra conciencia quiere discernir, pero sabe hacia dónde se inclinarán finalmente nuestras decisiones. Nos asaltan las dudas pero no podemos decir NO porque empezamos a pensar que entonces seremos unos egoístas incurables.

Nos entra el pánico solo de pensar que puedan llegar a pensar mal de nosotros; creemos automáticamente que dejarán de tenernos confianza, que perderemos un valioso tren. Se nos presenta un verdadero problema.

¿Y qué hacemos?

Preferimos decir SÍ para no torturarnos, aun a sabiendas de que inmediatamente después de hacerlo nuestra percepción de la realidad, nuestro Pepito grillo  particular, nos va a echar un buen rapapolvo y a martirizarnos con frases del tipo: «Otra vez has caído, mira que eres tonto/a». Lo peor de todo es cuando alguien de nuestro entorno nos recalca: «es que no te sabes imponer».

El conflicto surge cuando a la palabra «NO» se le concede un poder muy superior al que posee en realidad

Por otro lado, el mecanismo de defensa especialmente concebido para caos mentales de tamaña magnitud nos consuela y autoconvence con pensamientos estimulantes tales como:  «Es la última vez que lo hago» o «A la próxima le dejo las cosas muy claritas».

Pero tú y yo sabemos que vamos a caer, una y mil veces más, salvo que una transformación se produzca en nuestro modo de ver las cosas y podamos entonces actuar ante ellas sin hacernos trizas la moral.

Y todo por decir SÍ,  siempre, o por no saber decir NO, cuando debemos decirlo.

¿Dónde está realmente el problema?

 

El problema no es decir «NO»

 

Para muchas personas (ahí he estado yo también muchas veces) el «NO» resulta terrible porque piensan que la palabra tiene por sí misma una enorme capacidad para devastar todo aquello que han ido creando a su alrededor: reputación, marca, éxito, fama, nombre, etc., y llevarse consigo la percepción en positivo que se tiene sobre ellas.

El conflicto surge cuando a dicha palabra se le concede un poder muy superior al que posee en realidad.

Si todavía te encuentras dentro del grupo de los indecisos, de los que -ante una hipotética situación de decidir entre aceptar a la primera o imponer su criterio de forma más meditada y responsable-  siempre se inclinan por la primera opción, hoy te hablaré sobre la importancia de decir NO.

Ya te adelanto que se trata de un acto liberador y -aunque no lo creas- responsable, contigo mismo y los demás.

Deberás, eso sí, entender que la forma en que dices NO podrá despertar reacciones diferentes, por lo que no se trata de lanzar  «noes» a diestro y siniestro, sino de tener bien claras tus metas. Y te pondré dos breves ejemplos para argumentarlo:

 

Tienes muy definida tu idea/filosofía de negocio

 

Entonces actúa en consecuencia, y si una propuesta se sale claramente de tu línea aléjate de ella y di NO.

¿Crees que por ello pensarán mal de ti, así sin más, sin conocerte? Puede ser, pero eso debe importante bien poco, porque no son esos los clientes con los que buscas consolidar tu marca.

Por otro lado, se puede decir NO de formas mucho más sutiles. Una tarifa de precios inamovible, por ejemplo, es un modo de alejar a clientes que no están dentro de tu target.

 

Te piden algo para lo que tendrás que sacrificar tu tiempo libre o, peor incluso, un rato que sabes lo dedicas a estar con tus hijos/pareja/amigos/padres/resto de familia, etc.

Cuando todo lo anterior lo tienes claro el NO fluye de un modo natural, y con un poco de práctica lo sabrás pronunciar de forma cortés pero manteniéndote firme en tu postura.

Deberás argumentar, cuenta con ello, pero si necesitas hacerlo demasiado ten presente que no son personas que te están aportando algo por lo que merezca la pena continuar razonando.

 

Hasta ahora sabías cómo te sientes al decir siempre SÍ…

 

¿Sabes cómo puedes sentirte al decir NO, en el momento adecuado, a determinadas personas y/o situaciones?

Mira lo gratificante que puede ser ¡y quizá te lo estés perdiendo!:

– Los agobios, por querer complacer a todo el mundo, por querer ampliar horas al día, etc.,  desaparecen de tu vida

– Se establece un equilibrio. Actúas como piensas y viceversa

– Te centras mejor en tus tareas cotidianas y, por descontado, en las (pequeñas y grandes) metas futuras. Ves con claridad proyectos que habías dejado olvidados o relegados.

– Transmites una mayor profesionalidad y una personalidad más definida. Tienes muy claro lo que quieres y te mantienes en ese sistema particular de entender tu negocio y tu vida. Te ganas un mayor respeto.

– Se produce una transformación sorprendente.  Lo que lleves a cabo, poco o mucho, lo harás mejor, más feliz, más motivado/a y con mayor independencia emocional.

– Por no hablar del tiempo libre, ese tesoro que ansiamos y necesitamos tanto: será más tuyo que nunca.

Decir NO a tiempo es saludable, satisfactorio, valiente… ¡y funciona!

¿Te ves capaz de comenzar a decir NO? Cuéntame cómo lo afrontas, me encantará conocerlo 😉

Feliz fin de semana.  ¡Besos y abrazos!

Hola, soy Carmen y estoy al frente de este blog.

Cambié la comunicación corporativa en una multinacional por el 2.0, más concretamente por el marketing de contenidos y la escritura creativa. Soy freelance desde 2004.

Después de más de diez años escribiendo para otros, en el 2015 decidí crear mi propio espacio para llegar a mucho más público. En él vuelco mi experiencia y conocimientos sobre  posicionamiento de marca, estrategias de venta, marketing de contenidos y copywriting.

Hoy he creado un modelo de negocio que me hace feliz y que no cambio por nada.

Me gusta rodearme de personas con inquietudes emprendedoras, de las que aprendo cada día; admiro las mentes creativas; me encanta el pan recién hecho y la tortilla de patatas. Hablo más que escribo 🙂

¡Gracias por leerme!

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